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martes, 6 de diciembre de 2016

Ocaso del violeta



Nacido en estiaje
gris, pálido, estremecido,
cruza del cielo
su relente sediento
y sus dulces corceles
azules.
Para ser del viento
un alma
con destino clavado,
siendo mi carne
fuente de todas las flores,
fatal abrevadero
de su erguida muerte.
Es por este soñar
incesante,
que los pájaros anidan
su descanso.
Cenit de mi sangre
tallada
cincel abrupto
de mi escarcha
corre mis nieves
con impetuosa saliva
desangrada;
Siembra mía
que te acapara vestida
de mis deseos
que te desvisten,
fuego sanguíneo
me alzo
como se alzan las cumbres
desde mis abrojos
de piel
hasta ocasos nacientes
de tu húmeda cueva.
Mi ser
siendo primavera
de tus ciruelas.
Un canto de eternidad
deslizada,
soterrada,
de la soturna vía
que me lleva
por hondos parajes
de la carcoma
crepitante,
me vence mi aullido
de nácar.
Anochece que es poco
el cielo cuelga
su sangre,
las nubes parecen
carne.
Se riza, se insinúa
esta escala del iris,
me destapa,
su honda ojera
cruzada.


El Castellano

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